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Recuerda. Una vez, un acto de la escuela primaria. De fin de curso, seguramente. Se hizo un sorteo. Cuando sacaron el último número escuchó que decían la cifra impresa en el ticket que tenía en la mano.
Recuerda. "¡Yo que nunca me saco nada!", pensó. Una exageración, seguramente. Pero auténtica expresión del tamaño y la ingenuidad de la alegría que experimentaba mientras avanzaba hacia el escenario, esperando recibir, como los anteriores agraciados, libros, lápices, mochilas.
Lo que no recuerda es si le comunicó a alguien, en voz alta, ese pensamiento. Recuerda, sí, los aplausos, el bullicio, un paréntesis en el tiempo y la sensación del vaivén de sus piernas, la misma sensación que tiene ahora al caminar, confusión de acto y recuerdo. Cuando llegó al escenario, le dieron un paquete similar a una caja de zapatos.
Era, efectivamente, una caja de zapatos: la abrió a la vista de todos y encontró unas viejas sandalias de hombre, marrones, tipo franciscanas, sucias y desvencijadas. Recuerda (o todavía siente) en la cara su gesto de desilusión, de incomprensión, de desamparo. No recuerda si miró al que voceaba los números, buscando una explicación, o si buscó la explicación en el borde del escenario, en las luces o en el enorme cuadro de Quinquela colgado en la pared derecha del salón.
No sabe eso, pero sí que escuchó la risa brutal e impiadosa del auditorio, abalanzándose sobre él como esos vendavales que el pampero sucio decarga en la playa, esa mezcla imprevista de polvo, arena y papeles robados de manos incautas, manos que no vieron venir la nube negra que la tormenta levanta en el horizonte acercándose velozmente, un fugaz aviso que las almas reblandecidas por el sol de enero no están nunca dispuestas a presentir.
Volvió a su lugar entre sus compañeros, muerto de vergüenza y humillación (quizás por eso no recuerda si le comunicó a alguien aquel pensamiento desmesurado), sin lograr explicarse por qué, por qué, pudiendo evitarlo, alguien puede ser tan cruel.
Los chicos en los colegios, suelen hacer bromas pesadas.
Recuerdo.
Es como si la crueldad no importara sino la risotada, el vejamen in extremis. Pura fantochada. Caramba, con esa manera de llamar a la juventud: divino tesoro.
Siempre veo cómo si alguien se cae y se hace daño, las risas estallan, porque encuentran que ha sido graciosa la manera en que se cayó el herido. Siempre encuentro a cómicos vulgares que son celebrados con aplausos y risas. O sino a presuntos polemistas que usan la burla (no la ironía) y plaaaf se celebran a sí mismos, con el beneplácito de sus semejantes.
Por eso burlarse de uno mismo, es le mejor ejercicio de salud mental. Soy un palo, es verdad, más enhiesto y lustradito, traaac, y traaac...
Mejor burlarse uno de sí mismo, ah, mas con cariño.
:)
Un gran salute.
Comentario de rain el el 08/10 a las 11:11
¡A la pelota, Virginia! ¡Te agradezco el raíd! Podríamos decir que burlarse de sí mismo es una versión inocua de la doctrina Bush: un ataque preventivo. (Creo que me mandé un chiste de mal gusto, en estos tiempos que nos tocan ;-) Un abrazo.
Comentario de pablo el el 08/10 a las 13:53
Es que no eres perfecto.
Qué pena.
Comentario de V asterix el el 08/22 a las 23:24
Gracias Vir por señalarlo, temía no notarlo lo suficiente. Aunque bien está decir que no me apena. Hay cosas peores en la viña del Señor.
Comentario de pablo el el 08/23 a las 13:44
¡Cuántas cosas uno no volvería a hacer! Pero a esa edad, se es cruel, muy cruel. Hasta es un modo de afirmación, de supervivencia: no el del más apto sino el del más cruel...
Comentario de Ventrílocuo el el 09/01 a las 00:32