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Lunes, 26 de junio de 2006


Para una vindicación del mundial

Archivado en: Digresiones


Conste: el enunciador de la chorrera significante que aquí se dá por iniciada abomina sinceramente del fútbol como deporte y como actividad social. Su lógica y su encanto escapan, respectivamente, a su comprensión y su sensibilidad. Quizá todo eso esté fundado en el hecho simple de que es un patadura del año cero, condenado en su tierna infancia al ominoso lugar del arquero para luego, en el secundario, pasar a disfrutar del dudoso honor de integrar la selección de volley del colegio, puesto reservado para aquellos que algún talento tenían y había que poner en algun lado pero, por favor, que no fuera la selección de fútbol, donde podían poner realmente en riesgo el honor de la institución.

Dicho esto, podría pensarse que el enunciador de marras, pecho frío que flagrantemente ha omitido comentarios en este espacio sobre el celebérrimo 6 a cero ante Serbia y Montenegro, que no ha, en este espacio, mofádose del patadón al aire de Ronaldo, que no ha celebrado, aquí, el éxito en la primera ronda, que no ha, aquí, saludado caballerosamente a los hermanos mexicanos ni alabado el maravilloso gol de Maxi Rodríguez, que no frecuenta, por ejemplo, el blog Crónicas Germanas, donde plumas que tiene en alta estima hacen gala del arte delicado y complejo de hablar de fútbol, podría participar en campañas como ésta o suscribir las variadas diatribas en contra del mundial que suelen circular como parte integrante y necesaria del ritual que pretenden impugnar.

De hecho, aquellas críticas que se centran en el cuestionamiento de la inflamación del patrioterismo chauvinista o en la utilización con fines distractivos de la pasión futbolera, suelen gozar de la adhesión del así llamado enunciador.

Sin embargo, dicho lo anterior y no obstante todo ello, quiero (ego, el enunciador), a continuación, hacer una vindicación del mundial y del modo en que es vivido por este pueblo, al que, en alguna de las mútliples maneras que la pertenencia tiene de actualizarse, pertenezco. Al menos, mencionar algunos aspectos que, a mí, ente a-futbolístico, me lo hacen amable.

La alegría no es sólo brasilera.
No jodamos. Nos llenamos la boca hablando de la alegría de vivir del pueblo que pasará a la historia por haber dado lugar a la frase "Tristeza não tem fin, felicidade sim" y de su despreocupada y anual vocación carnavelesca y, cuando nosotros, más modestos, nos damos nuestra bacanal cada cuatro años, encontramos una oportunidad autoflagelatoria. Nosotros, que nos hemos visto privados de los feriados de carnaval por acción de la dictadura, nos tomamos una revancha concentrada cada cuatro años, salimos en comparsa, vestidos de arlequines, a demostrar que Charly tiene razón: la alegría no es sólo brasilera.

El mundial como fiesta laica y positiva.
¿Por qué un empleador está dispuesto a aceptar las "fiestas de guardar" y no una "fiesta" a secas? ¿Seguimos siendo, acaso y en el fondo, tan religiosos, que otorgamos esa legitimidad a aquello que se reviste de una pátina de religiosidad y se la negamos a lo que no? Venga usté, practicante de la Sagrada Liturgia de la Inmortalidad del Cangrejo, tómese su fiesta cuando mejor le convenga, ¿cuántos días se toma?. La fiesta mundialista no necesita invocar ninguna liturgia religiosa para reclamar su derecho a ser. Apoyo fervientemente el feriado por partido de la selección: tener, por una puta vez, un feriado cívico que celebra la vida (y la vitalidad) y que no se justifica con una lista así de grande de muertos.

Nuestro potlach.
Venga vecino, la final la vemos en casa con toda la familia, con el televisor nuevo, ¿compro unos chogusanes de miga? Dealé, Pablo, yo llevo los bizcochos de sagra, pal mate en el entretiempo, y si quiere le ponemos a su televisor mi jom títer, que lo compré pa'l mundial. Eso, y traiga bizcochos agridulces, que le gustan a la patrona. En vez de los sánguches, ¿prefiere unas medialunas? ¿Y por qué en vez? Ponga, también, que con lo' nervio', vió, uno come que no se dá cuenta. Quedamo' así... ¿y, vecino?, ¿se compró la camiseta de la selección? Si, ciento treinta mangos, me salió. Y está bien, Don, es una vez cada cuatro años... Oiga, Pablo, llevo unos vinitos, pa' festejar si ganamos y matar la amargura si perdemos...

Mi hijo de seis años lo entendió perfectamente: no puede permanecer sentado frente al televisor para ver ningún partido. Pero anda por toda la casa al grito de "¡Argentina!", juega a pintarse la cara de celeste y blanco y se junta con sus amigos a pelotear en el patio.

Por todo eso, alabado sea el mundial: fiesta sin escrúpulos ni justificativos, carnaval por que sí, bacanal y potlach. ¿Quién puede quejarse de eso?


Escrito por Pablo El 06/26 a las 16:42
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