Archivado en: Migas de pan
"Interrogar: interrogar, por orden, uno por vez, o todo junto, todo, interrogar el escritorio, la carpeta, interrogar el diario con las dos fotografías borrosas que no dicen, o no parecen querer decir, por decir así, nada, interrogar la cama, interrogar la silla, la luz, la biblioteca, interrogar, una y otra vez, las voces que hablaron, las caras sin expresión, los recuerdos que los ojos, elevándose, parecían ir a buscar ¿adónde?, y después, otra vez, el diario, las dos fotografías, borrosas, reproducidas, de una sola vez, sesenta y dos mil veces, y después otra vez las caras sin expresión, las voces, los ojos que se elevaban o giraban hacia un costado, como si buscaran, afuera, alrededor, como el que sopa una galletita en una taza de té y se la lleva después a la boca, el relente, el vapor, la imagen, interrogar el hoyuelo, para que diga, por decir así, y de una vez por todas, algo, interrogar la mesa, el plato, interrogar la silla, interrogar la salida y la puesta del sol, los ríos, el verano, interrogar las hojas blancas, las hojas verdes, la llanura, la arena, probar, en definitiva, otra vez, para ver si algo dice, como quien dice, algo, interrogar lo que está siempre, y desde siempre, en el mismo, indefinido, grande, sin bordes que se derramen ni nada más allá de los bordes donde los bordes se puedan derramar, inmóvil, neutro, titilante, lugar."
(Apnea. Luego, al recuperar el aliento, uno piensa que, no sólo no es verdad que se pueda escribir así, que se le pueda exigir tanto a la frase, que cada punto donde se conectan las partes de una oración pueda ser el punto de inicio de otra cosa, como queriendo demostrar que cada coyuntura es el lugar para romper, como quien dice, una osamenta, de poner en duda lo remanido con ese "es un decir" soltado estudiadamente al voleo, sino que no es verdad que se pueda pensar así, hipertextualmente, transformando cada idea en una especie de enlace a otra idea, donde se elabora otro plano u otro nivel, llevándote a nuevas preguntas, y aún así hacerlo sin perder el historial, porque a pesar de estar a los saltos, a los tirones, hamacado, sarandeado, más tarde o más temprano, uno vuelve, naturalmente, sin habérselo propuesto, o quizás sabiéndolo de antemano, como consecuencia de un plan disimulado, fluidamente, al mismo, seguramente modificado por el propio paseíto, o no, quizás nunca abandonado, mudo, pero no por eso libre de ser interrogado, lugar.)
(Ay, no pude evitarlo. Lo que está entrecomillado es de Juan José Saer y está en "La Mayor". Lo otro será mi propia vergüenza)