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El mundo todavía es una plenitud indiferenciada de luz, colores abrumadores. El afuera sobrecarga los nervios con una enormidad de estímulos y no se separa del adentro que agrede con la violencia del hambre y de los pedos (un adentro que asoma a veces a los ojos el terror y el desconcierto). Los sonidos asaltan desde todas partes, cuando no hay partes todavía y sin embargo asaltan. Los músculos se accionan, cómo establecer si intencionadamente o no, díscolos, irreductibles, indóciles. Y en el magma de reflejos y movimientos involuntarios, diferenciándose dentro de la fortuita combinatoria de los músculos faciales, repertorio innumerable de la sustancia de la expresión, mi hija, a los dos meses de edad, sonríe.