Archivado en: Superfluos relatos
Siéntese de brazos cruzados a esperar un huracán. Cuando el desastre sea inminente, no se mueva: siga sentado. Podrá ver cómo los mejores, los valiosos, los blancos y sajones protestantes abandonan la ciudad como ratas con sus autos brillantes, en vuelos de línea o con sus jets privados. No se preocupe: dejan atrás a los más pobres, montón de negros, algunos latinos. Para los que puedan desplazarse de entre ellos, señale un lugar de concentración y deje que se amontonen.
Cuando el huracan llegue, el viento desmesurado y el agua incontenible acabarán con los holgazanes y débiles de espíritu que no hayan sabido buscar resguardo y aplastarán a los tullidos que anden sueltos, a los viejos que de cualquier manera no iban a durar mucho.
Los que queden, en sus casas o en los refugios, comenzarán a ser víctimas de enfermedades, de la falta de agua, del desabastecimiento.
Entonces, la desesperación, el hambre o la ignominia de años sacará a relucir revólveres y cuchillos y comenzarán los asaltos, los saqueos, las violaciones: las bestias se matarán entre ellas.
Cuando la violencia sea una suerte de clímax o paroxismo, suspenda las actividades de rescate y mande al ejército, para que se ocupe de fusilar y matar a quemarropa a los más violentos, a los más salvajes, a los revoltosos, díscolos y altaneros.
Entretanto, en los refugios, el hacinamiento se encargará de decenas de cuerpos fragilizados por el miedo, la violencia y el hambre. Varios desesperados se suicidarán.
Cuando todo pase, la pobreza y la marginalidad habrán disminuido significativamente en el distrito y sólo habrán sobrevivido aquellos excepcionalmente fuertes. Para esos podrá tener palabras de consuelo.
Y será el momento de que sus empresas empiecen a aprovechar las maravillosas oportunidades de negocio que creará la reconstrucción.