Archivado en: Digresiones
Hace un tiempo, en este blog, cometí la imprudencia de deslizar la promesa de escribir sobre la experiencia de leer en tránsito, es decir, en el omnibus, en el tren, en el avión... Un amigo, no hace mucho, me recordó que no había cumplido nunca con esa ligera promesa (todas las promesas son ligeras: o lo son todas o no lo es ninguna).
Pero hoy una novela me había atrapado y se negaba a soltarme: durante una hora y media, el territorio que rodea a la autopista que une a las ciudades de La Plata y Buenos Aires (¿une?), lugar común, se esfumó. Faltaban cuatro o cinco páginas para terminar la novela y el micro terminaba, a su vez, su recorrido: mi parada se acercaba.
Cuatro o cinco páginas. Quizás lo logre. Pero no voy a apurarme, si lo estoy disfrutando, no voy a saltar párrafos, quizás llegue al próximo punto... Puedo elegir pasarme... Quiero seguir leyendo, saber cómo termina la historia, si los hilos se tejen o se destejen...
Finalmente obedecí a la rutina: me bajé en la parada de siempre con el libro bajo el brazo y todavía estoy tratando de convencerme de que he elegido el suspenso...