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Me da vergüenza y pudor escribir sobre Saer, a pesar de que aquí en Glosa no me reprimo de comentar libros desde la más autocomplaciente y pedante verborragia. Aquí, en Glosa, lo que nos interesa es la experiencia de leer (que no es patrimonio de los profesores de letras, los críticos o los especialistas) y lo que esa experiencia tiene de gozoso, de juego y de punto de incio de alguna otra cosa.
Pero Saer (como Borges, como Arlt, como Walsh) ha sido colonizado, en su calidad de objeto de estudio, por intelectuales y especialistas, señores eruditos y aplicados que comentan la literatura con la debida autoridad. Ante eso, uno toma conciencia de lo humildemente amateur de su aproximación.
Sin embargo, y casi se podría decir que a pesar de eso, Juan José Saer representa para mí uno de los momentos más intensos en esa experienza gozosa de leer (que no es patrimonio de blah, blah, blah), hasta el punto de que este modestísimo blog lleve, "a su salud", el nombre de la que muchos consideran su novela más importante.
En definitiva, lo que hoy justifica que finalemente me atreva a escribir la glosa que faltaba en este blog fue el hallazgo de una nota de Página/12 del 19 de junio que da cuenta de que, una semana antes, Saer había muerto. ¡Dios santo! ¡Saer ha muerto!. Presentado así, esta deviene la tercer o cuarta necrológica que escribo en Glosa. Una necrológica inevitable, aunque sea ahora, tan tarde.
A pesar de mi pudor y de las interpretaciones eruditas, quisiera, en honor del muerto, poder atrapar el goce. La lectura de Glosa (la novela de Juan José Saer, que me llevó luego a visitar Unidad de lugar, Cicatrices, El rio sin orillas, El arte de narrar...) me produjo la sensación de estar asistiendo a la aparición ante mis ojos, surgiendo como un hormiguero cuya construcción hubiese sido capturada por esas cámaras que condensan tiempos larguísimos en secuencias frenéticas, de una catedral monumental, barroquísima, bella, traslúcida, plena de haces de luz...
Y ahora, que no es hora para nada, leo interpretaciones sobre caminatas, fiebres y complejas geometrías.
Saer ha muerto. Nada: eso que a uno le agarra cuando se muere un artista que ha sabido mostrarle a uno qué cosa es un cosa maravillosa.
Y, claro, el goce, que sigue inefable.
Arriesgándome a ser considerado sacrílego, confieso que no sabía de la existencia de Saer, situación que debo remediar en breve, pues tu artículo me ha abierto la curiosidad.
Comentario de aarnau el el 07/30 a las 09:07
Hola Aarnau. No hay sacrilegio. Lo normal es que haya en el mundo muchos más libros que los que uno ha leído (y que los que podrá leer). Si vas a empezar con Saer, te recomiendo humildemente "Glosa", aunque quizás "La Pesquisa", que es una novela corta, sirva muy bien como entrada. Digo yo...
Comentario de pablo el el 08/01 a las 10:48