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Es una especie de hiedra. Como tal, crece un poco desordenadamente, extendiendo su espolones para anclar en alguna superficie húmeda, apenas lo suficientemente húmeda como para seguir creciendo, indefinidamente. (¿Acaso alguien sabe cuánto puede crecer una hiedra? He visto edificios de una veintena de pisos con sus paredes completamente cubiertas).
Y si uno no se toma el trabajo metódico de podarla regularmente, la hiedra terminará por velar las ventanas e inutilizar las puertas. Ese es mi trabajo como jardinero. Cada día escojo los tallos viejos y los ápices más audaces y de un tijeretazo mantengo acotada a la bestia de las siete cabezas (no pensarán que es un error: es un deliberado juego de palabras).
A veces, cuando en este esfuerzo vano, vacío de toda esperanza y libre de todo destino, me confío y dejo volar la mente, pienso si cada rama de esta especie de hiedra es la misma hiedra, o si cada ávida radícula es el origen de un nuevo individuo, unido a la planta madre por una red de tentáculos innumerables.
Es entonces cuando entiendo mi trabajo de jardinero: en esos momentos esta especie de hiedra acelera su crecimiento.
Y de un tajo, le pongo coto.