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Puedo adivinar la presencia de los fantasmas. Como a los átomos, no podemos verlos, pero sabemos de su existencia a través de sus efectos, por las marcas que dejan en los instrumentos de observación.
No son muchos, es cierto (los fantasmas, claro, que los átomos son incontables y pocos los instrumentos). Son apenas una decena cada día, pero su sombra difusa y anónima se retrata en mis fotos Kyrlian o mueve las agujas del esotérico contador Geiger que me alquila una conocida firma holandesa.
Vienen de lugares disímiles y se comportan con una discreción que resulta tanto más exasperante cuanto que apreciable es su visita: las burbujas azules en el vaso que dejé a su alcance dan testimonio.
Sólo observan y se van. Sé que algunos vuelven, porque describen patrones de comportamiento constantes, prefieren ciertas horas o ciertos días, repiten sus manifestaciones o alientan siempre el mismo perfume (un Fifht Avenue).
Pero sólo unos pocos han intentado comunicarse. Los demás serán fantasmas taciturnos o melancólicos, no lo sé.
Otros brujos y mediums desarrollan recetas para obligarlos a traicionarse. Combinan materias y esencias, recitan conjuros, pronuncian palabras mágicas. Yo confío en que su propia voluntad los hará hablar, o dar tres golpes en la mesa, o tomar posesión del cuerpo de una señora gorda. Aunque quizás deba aceptar que sólo sean voyeurs espectrales que gozan de sugerirse.
Por supuesto que he considerado como posibilidad que yo tenga una personalidad paranoide . Puede ser que los fantasmas no estén ahí, como puede ser que los átomos no existan y que mejor sea explicar el mundo con cuerdas o espacios curvos. O que el mundo ahí afuera sea una invención de mi mente, o de otra mente que nos sueña. Esas hipótesis gozan de cierto prestigio y son muy poéticas o muy dramáticas.
Pero he preferido explorar la hipótesis prosaica, la que confía en lo que dicen los instrumentos: los fantasmas vienen, de a uno, de a dos, nunca de a tres, un poco cada día, impresionan las superficies sensibles, dejan sus huellas en la fina arena del jardín de rocas y se van.
Entre tanto, y como no puede ser de otra manera, aún si los fantasmas no pulularan por mis habitaciones, envejezco.