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Los textos dialogan entre sí, lo aprendimos de Borges (después quizás descubrimos que la idea también la habían tenido otros, pero la aprendimos con él). Y como en las fiestas más animadas, las conversaciones más estimulantes las tienen los invitados más disímiles:
-...uno es lo que come, con quién lo come y cómo lo come...
-...y en nuestra calidad de latinoamericanos, poseemos el mejor estómago del mundo, un estómago ecléctico, libérrimo, capaz de digerir, y de digerir bien, tanto unos arenques septentrionales o un kouskous oriental, como una becasina cocinada en la llama o uno de esos chorizos épicos de Castilla...
Son Laura Esquivel, en Íntimas suculencias, de 1998, y Oliverio Girondo, en Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de 1930.