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El anacoreta dejó a su sobrino huérfano al cuidado de una vecina y abandonó la ciudad. Se retiró a la montaña.
Allí permaneció unos años (unos cuantos). Practicó la ascesis y la oración. Mortificó su cuerpo físico con los rigores del ayuno y de los piojos. Dominó el arte de la levitación. Evitó la cercanía de los hombres curiosos que seguían el rastro de sus fogatas. De a poco, a su alma se abrió el camino del Conocimiento.
¿Te acordás? Fue hace un par de semanas que lo cruzamos en la calle y creyó reconocernos. Nos detuvo para contarnos su historia. "He hablado con Dios y con el Diablo", nos dijo, incapaz de hallar un rasgo terminante que le permitiera juzgar cuál de nosotros podía ser el sobrino que buscaba.