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Neruda tiene, digo yo, que no sé de dónde lo habré sacado, un aura de viejo romanticón, de cantor de la revolución que tenía que ser, de letrista involuntario de canciones para artistas comprometidos y de fuente de inspiración para jóvenes escritores de cartas de amor (y nada de eso está mal, qué va). Una urgencia fisiológica que requería de alguna lectura para mayor solaz durante su satisfacción, me llevó a tomar apresuradamente un libro cualquiera de mi biblioteca. Resultó el "Tercer libro de las odas", de Neruda.
Y ahí, entre poemas rayanos en lo ingenuo dedicados a la manzana, las tijeras o al limón, encontré estas maravillas de Pablo Neruda:
| Un impreciso vapor, aroma o agua, sumergió los cabellos del día: errante olor, campana o corazón de humo, todo fue envuelto en ese deshabitado hangar, todo confundió sus colores. Amigo, no se asuste. Era sólo el otoño cerca de Melipilla, en los caminos, y las hojas postreras, como un escalofrío de violines, se despedían de los altos árboles. No pasa nada. Espere. Las casas, los tejados, las tapias de cal y barro, el cielo eran una sola amenaza: eran un libro largo con personajes sumamente tristes. Esperemos. Espere. Entonces como un toro atravesó el otoño un camión colorado cargado con toneles. Surgió de tanta niebla y tanto vago cielo, rojo, repleto como una granada, alegre como el fuego, despeñando su rostro de incendio, su cabeza de león fugitivo. Instantáneo, iracundo, preciso y turbulento, trepidante y ardiente, pasó como una estrella colorada. Yo apenas pude ver esa sandía de acero, fuego y oro, el coro musical de los toneles: toda esa simetría colorada fue sólo un grito, un estremecimiento en el otoño pero todo cambió: los árboles, la inmóvil soledad, el cielo y sus metales moribundos volvieron a existir. Así fue como el fuego de un vehículo que corría anhelante con su carga fue para mí como si desde el frío de la muerte un meteoro surgiera y me golpeara mostrándome en su esplendor colérico la vida. Sólo un camión cargado con toneles, desbocado, cruzando los caminos, cerca de Melipilla, en una mañana, acumuló en mi pecho desbordante alegría y energía: me devolvió el amor y el movimiento. Y derrotó como una llamarada el desmayo del mundo. 1956. Oda a un camión colorado cargado con toneles | Trajimos un gran cactus de tierra adentro hasta la playa verde. Tenía las raíces el gigante metidas en la piedra y se agarraba a aquella dura maternidad con subterráneos, implacables vínculos. La picota caía alzando polvo y fuego, la roca se estremecía como si pariera, y apenas se movía el obelisco verde, acorazado con todas las espiras de la tierra, hasta que con un lazo lo amarramos arriba y tirando entre todos derribamos la sagrada columna de los montes. Entonces custodiado y detenido, envuelto en saco y ruedas arrastramos su erizada estatura, pero apenas alguien acercó la mano al vegetal ardiente, éste le clavó sus espinas y con sangre marcó la mordedura. Lo plantamos mirando al mar sombrío, alto contra las olas, enemigo, erizado por todas las púas del orgullo, majestuoso en su nueva solemnidad de estatua. Y allí quedamos repentinamente tristes, los hombres de la hazaña, mirando el alto cactus de la montaña andina trasladado a la arena. Él continuó su áspera existencia: nosotros nos miramos como humillados, viejos carceleros. Viento amargo del mar balanceó la delgada silueta del alto solitario con espinas: Él saludó al océano con un im- per- cep- ti- ble mo- vi- mien- to y si- guió allí ele- va- do en su mis- te- rio. 1956. Oda al cactus desplazado |