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Viernes, 04 de marzo de 2005


Dos poemas de Neruda, o de la semiosis del aura

Archivado en: Migas de pan


Neruda tiene, digo yo, que no sé de dónde lo habré sacado, un aura de viejo romanticón, de cantor de la revolución que tenía que ser, de letrista involuntario de canciones para artistas comprometidos y de fuente de inspiración para jóvenes escritores de cartas de amor (y nada de eso está mal, qué va). Una urgencia fisiológica que requería de alguna lectura para mayor solaz durante su satisfacción, me llevó a tomar apresuradamente un libro cualquiera de mi biblioteca. Resultó el "Tercer libro de las odas", de Neruda.

Y ahí, entre poemas rayanos en lo ingenuo dedicados a la manzana, las tijeras o al limón, encontré estas maravillas de Pablo Neruda:

Un impreciso
vapor, aroma o agua,
sumergió
los cabellos del día:
errante olor,
campana
o corazón de humo,
todo
fue envuelto
en ese deshabitado hangar,
todo
confundió sus colores.

Amigo, no se asuste.

Era sólo
el otoño
cerca de Melipilla,
en los caminos,
y las hojas postreras,
como un escalofrío de violines,
se despedían
de los altos árboles.

No pasa nada. Espere.

Las casas, los tejados,
las tapias
de cal y barro, el cielo
eran
una sola amenaza:
eran un libro
largo
con personajes
sumamente tristes.

Esperemos. Espere.

Entonces
como un toro
atravesó el otoño
un camión colorado
cargado con toneles.
Surgió de tanta niebla
y tanto vago cielo,
rojo, repleto
como una
granada,
alegre como el fuego,
despeñando su rostro
de incendio, su cabeza
de león fugitivo.

Instantáneo, iracundo,
preciso y turbulento,
trepidante y ardiente,
pasó
como una estrella colorada.
Yo apenas
pude
ver
esa sandía
de acero, fuego y oro,
el coro
musical
de los toneles:
toda esa
simetría
colorada
fue
sólo
un
grito,
un
estremecimiento
en el otoño
pero
todo cambió:
los árboles, la inmóvil
soledad, el cielo
y sus metales moribundos
volvieron a existir.

Así fue como el fuego
de un vehículo
que corría anhelante
con su carga
fue
para mí
como si desde el frío de la muerte
un meteoro
surgiera y me golpeara
mostrándome
en su esplendor colérico
la vida.

Sólo
un camión
cargado
con toneles,
desbocado, cruzando
los caminos,
cerca de Melipilla, en una
mañana,
acumuló en mi pecho
desbordante
alegría
y energía:
me devolvió el amor y el movimiento.
Y derrotó
como una llamarada
el desmayo del mundo.

1956. Oda a un camión colorado cargado con toneles
Trajimos un gran cactus
de tierra adentro
hasta la playa verde.

Tenía las raíces
el gigante
metidas
en la piedra
y se agarraba
a aquella dura
maternidad
con subterráneos,
implacables
vínculos.

La picota
caía
alzando
polvo
y fuego,
la roca
se estremecía como
si pariera,
y apenas
se movía
el obelisco verde,
acorazado
con todas las espiras
de la tierra,
hasta
que con un lazo
lo amarramos
arriba
y tirando
entre todos
derribamos
la sagrada columna
de los montes.

Entonces
custodiado
y detenido,
envuelto en
saco y ruedas
arrastramos
su erizada
estatura,
pero
apenas
alguien
acercó la mano
al vegetal ardiente,
éste
le clavó sus espinas
y con sangre marcó la mordedura.

Lo plantamos
mirando al mar sombrío,
alto
contra las olas,
enemigo,
erizado por todas
las púas
del orgullo,
majestuoso
en su nueva
solemnidad de estatua.
Y allí
quedamos
repentinamente
tristes,
los hombres
de la hazaña,
mirando
el alto
cactus
de la montaña andina
trasladado
a la arena.

Él continuó
su
áspera
existencia:
nosotros
nos miramos
como humillados,
viejos
carceleros.

Viento amargo
del mar
balanceó
la delgada
silueta
del alto solitario con espinas:
Él saludó
al océano
con
un
im-
per-
cep-
ti-
ble
mo-
vi-
mien-
to
y
si-
guió
allí
ele-
va-
do
en
su
mis-
te-
rio.

1956. Oda al cactus desplazado


Cada escritor tiene su aura y uno, muchas veces, como una suerte de médium literario, lee mas bien auras que textos. Algo del aura de Neruda lo mantiene fuera del foco de atención de mucha gente, hoy por hoy. Yo no lo había leído, por culpa de su aura. Y poemas como los de arriba me significaron un rato de placer que nunca hubiera imaginado.

Después vinieron las racionalizaciones: qué género arcaico es la oda. Parece la forma primitiva del trabajo del publicista, que acepta la imposición de cantar loas a las cosas más pedestres y anodinas. Esa es una primer distancia con este Neruda de las odas.

Luego viene esa retórica ampulosa, esa expresividad desmesurada, como si todas las palabras le quedaran chicas.

Pero, finalmente, uno se deja llevar por ese ansia de dar lugar a lo que ve una mirada vigorosa en las simples cosas. Y descubre la enorme dignidad de un cactus, la bramante vitalidad de los camiones...


Escrito por Pablo El 03/04 a las 10:28
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