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...su rutina de esclavo asalariado, que sigue imperturbable con sus blues de las seis y treinta, a pesar de que tenues desplazamientos de los planetas hacen del mundo de la rutina, del suburbio y del hombre, un paulatino fantasma disolviéndose: se murió Pappo.
- Se murió Pappo- dijiste.
-¿El Papa?
-No, no. Pappo, Pappo Napolitano.
Estaba dispuesto a que algún medio diera la noticia de que el Papa, finalmente, se había muerto: tanto hace que viene amagando que hubiera sido casi una no-noticia. Además, la muerte de Wojtila, un tipo viejo, hubiera tenido el carácter de la fatalidad más normal y pedestre. Mi oído se negaba a aceptar lo que escuchaba.
-¡Cómo que Pappo!
-Si, parece que iba en moto y se la puso. Así nomás...
Da la impresión de que el género de estos úlltimos días se empecina en ser la necrológica, pero es que hay muertes y muertes.
Hay muertes que prenden la luz amarilla que indica que el mundo al que uno pertenece se disolverá, de a poco, y que esas cosas que dan sentido y organizan nuestro estar aquí tienen la misma frágil contingencia que nuestras viditas, vidalitá.
Nunca fui un fan de Pappo, pero la Argentina de mis amores lo contenía, era uno de sus rostros amables y familiares, como el asado entre amigos.
Chau, Pappo, hasta pronto.