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Jueves, 09 de diciembre de 2004


¡Por el amor de Dios!

Archivado en: Migas de pan


Robert Fripp, Joe Satriani y Steve Vai estuvieron en Buenos Aires haciendo la versión 2004 del G3 tour: Vini, Vidi y Vinci...

Desmesurado. No me digan que dejar la boca abierta mirando hacia arriba y suspendiendo el juicio ante formidables, incontables, gigantescas luces de colores que estallan en el cielo por obra y gracia de algún artesano obsesivo y desmesurado no es lo más cercano a un placer, ingenuo pero placer al fin, grato y estremecedor, esa sensación de contento rotundo como de niños en el zoológico.

Todo en Steve Vai está fuera de escala: no sólo su manera de tocar, sino su porte, su estatura, su gestualidad de bufón aplicado, su banda (un bajista alto y flaco y bestial como el propio Vai, un baterista de aspecto post-punk que golpea los parches bajando los brazos desde casi un metro de altura, con toda la fuerza de sus bíceps de gimnasio, una rythm guitar que sigue al oficiante a la par en los solos a dos voces). Está fuera de escala la exagerada guitarra de tres mástiles con la que abre su set, la camisa fucsia (¡fucsia!), los collares de piezas metálicas grandes y brillantes, el pelo largo que vuela demoníacamente como efecto de un ventilador mañosamente colocado... todo.

Decir de Vai que es pirotécnico no es hablar mal de él: el tipo se hace cargo de eso y lo lleva al extremo más sofisticado y a la perfección más neurótica; hace su papel de payaso con dedicación y te hace pasear por un circo donde los leones lucen realmente como fieras salvajes, los elefantes son descomunales y los equilibristas parecen andar efectivamente al borde de la muerte.

Se me ocurre que hay dos clases de bufones: uno es aquel que en definitiva no es sino víctima de alguna atrofia o deformidad cuya simple exhibición basta para el solaz de la corte. A esta clase pertenece Satriani. El tipo es un engendro, no otra cosa. Ha recibido el don de ser capaz de tocar todo lo que se puede tocar con una guitarra eléctrica a la velocidad de la luz, pero se trata de una hipertrofia monstruosa que resulta enfatizada por su pretensión de salir a escena con una remerita y unos jeans, como si fuera un chico americano que viene de tomar el té con su abuela o de comer una hamburguesa en McDonalds (y ya está grande, el hombre). Lo acompañaron un bajista que parecía venir de tocar con Credence, un guitarrista que parecía Elton John y un baterista impecable y anodino. Esta clase de bufones, cuando su exhibición se extiende más allá de lo prudente, resultan anestésicos primero, irritantes después. Mientras escuchaba a Satriani pensaba en que su problema es que sus imitadores hacen un mejor Satriani que él, y pensaba en músicos de mi ciudad que lo hacían muy dignamente...

Vai, en cambio, pertenece a la clase de los monstruos que agregan a su monstruosidad la conciencia de lo excepcional y deforme, y la convierten, por el agregado de una puesta en escena propia de la corte de los Luises, en un circo pletórico, un Cirque du Soleil, exquisito barroco.

Ah!!! Robert Fripp: abrió el show con sus frippertronics y se fue del escenario abucheado, al grito de "dale, ladrÓn!!!!". Volvió a subir con Satriani y al final hicieron la "G3 jam" los tres juntos. Fripp estaba bien atrás en el escenario, medio escondido entre sus aparatitos, casi sin luz para él y con esa pose de santón zen que le es propia: imperceptible. El conjunto fue un derroche de semifusas.

¿Qué más se puede decir? Vai tocó For the Love of God y con él nos dejamos llevar por el espectáculo de fuegos artificiales más desmesurado que he visto en mi vida.


Escrito por Pablo El 12/09 a las 19:52
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