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En diciembre de 1997, investigadores de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de La Plata hallaron en los archivos de esa casa de estudios una carta (en realidad, la última hoja de una carta) en la cual el poeta Octavio Pardo retrucaba al desafío de un poeta cuyo nombre permanece ignorado.
Varios historiadores suponen que la carta debió estar dirigida a Ramiro Ordóñez, amigo de Pardo, con el que compartía experimentos literarios que luego firmaban con el seudónimo Bustos Grandés, en burda y obvia mofa que el lector sabrá disculpar, y que explica el pobre suceso obtenido por la empresa.
"...acepto el envite de elaborar un poema a partir de ese verso popular.
Lo primero es afinar el metro, así que sugiero los primeros versos como:
"Una vieja y un viejito
se encontraban en un pozo"
con lo que ambos quedan octosilábicos, el metro característico de la poesía popular en español.
El siguiente puede ser un verso libre, siempre que el cuarto tenga rima consonante para conservar la clásica estructura ABCB, que en este caso busca forzozamente la palabra "carozo", por lo que una opción pueden ser:
Una vieja y un viejito
se encontraban en un pozo
y el viejito disfrutaba
de sobarle el carozo
De este modo, tenemos la primera estrofa, en la cual creo que queda expresada con audacia el tono y el tema de esta nueva obra.
¿Qué más? Un abrazo.
Octavio"
Búsquedas recientes sacaron a la luz una versión posterior de la primera estrofa del poema que la crítica comienza a llamar "Los viejos", a falta de un título establecido por el autor.
En la versión encontrada, el poeta abandona cierto encorsetamiento que lo ató, en la primera, a las estrictas formas de la cuartilla popular:
"Un viejito y su viejita
se encontraban en el foso
y el viejito se esforzaba
en sobarle, a la vieja,
el carozo."
En esta nueva solución el poeta corrije la discontinuidad formal surgida del hecho de usar el diminutivo tan sólo en uno de los sustantivos presentes en el primer verso (recuérdese que la versión anterior rezaba "una vieja y un viejito...")
De este modo se sutura una falla formal ligeramente chocante. Además, el pronombre posesivo anuncia ya en el primer verso la existencia de un cierto lazo entre el viejo y la vieja.
El autor trasciende, entonces, la cuartilla y experimenta con una estrofa de cinco versos, rematada con un verso en pié quebrado que, sin alterar sustancialmente el ritmo de la composición, le agrega un cierto dinamismo imposible de lograr en una simple cuartilla.
Como consecuencia de este hallazgo formal, que permite de paso resolver el problema de que, en la versión anterior, no existía nexo lógico ni formal entre el carozo y la vieja, como se le invitaba a suponer al lector, la estructura de la rima queda establecida como ABCDB, desafío que el poeta asume con gracia.
Nótese que también se ha cambiado "pozo" por "foso", al que además se califica con el artículo determinado "el", lo cual, como se verá, no es consecuencia de un esteticismo manierista sino una forzosa reformulación.
Críticos sagaces han cuestionado el hecho de que el poeta no exprese al inicio de su poema las razones por las cuales los sujetos se encuentran en un pozo. Sin embargo, el misterio se devela en la estrofa siguiente, creada evidentemente luego de que el poeta resolviera los aspectos formales y estilísticos analizados precedentemente y donde se lanza a explotar la forma escogida:
"(al entrar la vieja enclenque
al taller de aquel tramposo
una mano traicionera
con un golpe, a la fosa,
arrojolo)"
Se revela aquí el apuro con que fue compuesta esta estrofa, donde la dictadura de la rima obliga al poeta a violar dramáticamente la ley de concordancia de género entre el sustantivo que sirve de objeto al segundo verbo ("vieja", objeto de la acción "arrojar") y el pronombre que lo reemplaza (en este caso el enclítico "lo", donde debería ser "la"), amén de que la opción por una rima asonante ("oso" con "olo") debilita sin dudas la gracia formal lograda en la estrofa anterior, de rigurosa rima consonante.
Sin dudas, y como revela la irregularidad de la caligrafía, el menor de los hijos del poeta reclamaba su turno para hacer uso del excusado, interrumpiendo la visita de las musas.
Conocedores de la opción que el poeta tomara para esta obra por un clasicismo riguroso, violencias lingüísticas como la mencionada deben haberle quitado el sueño por largas jornadas.
Confiamos en que la intervención de otros estudiosos y eruditos saquen a la luz nuevos documentos que den cuenta de las soluciones encontradas por nuestro genial bardo.