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Con mi flamante cásacara de parafina (colorada, supongo) no me quedará más remedio que evitar tu boca de fondieu.
Llegado el caso, teniendo cáscara amarilla, quizás me atreva a herir tu lengua delicada y no habituada a los sabores picantes.
De cualquier modo, en este estado, me sé condenado a rodar hasta los mares de queso (ahora que han sido descubiertos) donde, sin necesidad de tu boca, nos sumaremos a la gran fondieu para deleite de los bacalaos que no saben distinguir un fontina de un gruyere.