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Lunes, 01 de marzo de 2004


Caldo

Archivado en: Superfluos relatos


Don Embargo huyó, ya muerto, por tierras amazónicas luego de ser lanceado por los hombres del rey Cuhautemoc Cárdenas.

Habríaselo visto como alma en pena en la margen izquierda del Orinoco. Exploradores sagaces reconocieron en ciertos espíritus malignos que los nativos mentaban el rosotro pálido y crispado del adelantado muerto en lucha desigual, víctima de traición y malaria.


La Nueva Granada es grande y un viejo chamán asegura haber dado a un espíritu español, llagado de sed y de podredumbre, una poción de raíces y tierra aluvial para calmar una mala muerte y dotar a sus pies de entidad suficiente para poder seguir vagando por tierras de indias.


Bajo tortura, el chamán renegó de sus dioses y escupió la tierra de la Nueva Granada, donde la sangre de su madre se había derramado hasta vaciarse de sí y del otro que ahí nacía. Pero juró que el espíritu del español, herido de traición, sería la carne de su venganza.


El chamán murió en forma definitiva y única. Repartieron su miembros cortados entre los perros del convento y con sus dientes jugaron los hijos de los indios que arrastraban sus lomos reventados en las minas de plata.


El verdugo que le cortó la lengua fue enviado a Caracas. En el camino la caravana fue asaltada por una horda violenta. Eran tiempos de luchas parejas y los españoles se defendieron con bravura, aunque con tecnología similar a la de sus atacantes. Pesadas alabardas y espadas y floretes fueron el botín que los arcos y las flechas obtuvieron esa tarde.


Y alrededor de 300 kilos de carne blanca y sudorosa, tiernizada por el stress y el miedo y los golpes de puño.


Antes de morir en el agua hirviente, el verdugo que le cortó la lengua al chamán alcanzó a ver como el agua se llenaba de una presencia triste y alcanzó a escuchar una voz castiza que se lamentaba. Quizás fue el dolor insoportable, pero vió el rostro de Embargo de las Casas convertirse en sabroso caldo antes de que él mismo quedara reducido a sabor y condimento.


Dirán los indios varias veces que por cada español que devoraban, el espíritu a la olla descendía para morir otra vez, sazonado.


Sin embargo, los caldos perderán su gracia, ya que el adelantado logrará llegar a España a buscar a la media docena de cobardes que lo dejaron en prenda para evitar la muerte y las lanzas.



Escrito por Pablo El 03/01 a las 19:25
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