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En el bar de Marcos la banda había terminado de tocar. Entonces Lucas citó a un amigo: "mentir hazañas es la mejor parte de la conversación", dijo que dijo y todos estuvimos de acuerdo.
"-¡Potro! ¡Divino! ¡Te amo!
Dos adolescentes en moto suelen gritar este tipo de cosas.
-Bajensé, che...
Me salió seco y cortante. A pesar del tránsito y de que iban por la mano contraria a la mía, las flacas pararon la moto.
La verdad que no me sentía de lo más seductor con mi bolsa del supermercado caminando por la banquina de esta avenida interurbana, en el medio del descampado paralelo a las vías, pero aún así puse la sonrisa menos ridícula que se me ocurrió y me dispuse a esperar a ver si las pibas se me acercaban o volvían a iniciar la marcha.
La inercia nos había separado 150 metros, pero en un alto del tránsito las minitas cambiaron de mano y se me acercaron.
Traían la moto de tiro y me dieron tiempo de observarlas. En realidad, se tomaron el tiempo de observarme, venían cuchicheando entre ellas. La que manejaba la moto, y que ahora la traía a la rastra, era mas bién rubiona, de ese castaño claro típico de las criollas nietas de italianos del norte, de rasgos regordetes, y si bien no era gorda, se veía más redonda de lo que podría llegar a la tapa de una revista. Traía una campera de jean celeste y un pantalón de jogging gris. La amiga, visiblemente nerviosa, no paraba de murmurarle al oído. Era más morocha, de rasgos angulosos y punzantes. Era muy bonita y muy flaca. Traía un pantalón tres tiras azul y el pelo negro recogido.
-Mirá, la verdad no creo que se trate de amor.- dije queriendo hacerme el vivo. Se rieron pero no dijeron nada.
-Si son tan guapas, vamos a hechar un polvo de parado acá, en el descampado.- dije, buscando la forma más soez. La rubia pareció excitarse.
-¿Y podrás dejarnos contentas a las dos?. - La amiga le tironeó de la campera y le dijo a media voz "¡¡Pará, boluda!!".
-Eso depende también un poco de cuanto te esmeres.. - le respondí, sintiendo que toda la literatura erótica y el cine porno eran incapaces de brindarme un repertorio apenas apropiado para no parecer un pelotudo. Así que me dispuse a hacer de pelotudo. Estas pibas no estaban buscando un Brad Pitt que les hiciera un lindo verso, lo cual me daba ventaja.
-¿Te gusto? - me dijo la rubia.
-No se trata de eso. Se trata de que me calientes bien. - si no se cagaba de risa ante el insulto y se subía a la moto, ya tenía el polvo asegurado.
Se sonrió. La amiga se le acercó al cuerpo y le volvió a tirar de la campera.
-Vamos- dijo la dueña de la moto.
-¿Tu amiga viene también?
-Dale, vení, boluda.
En ese momento se me hizo un nudo en el estómago. No tenía forros encima. Había un kiosco en frente, pero iba a tardar una eternidad en ir y volver. Y las flacas se iban a rajar. De todos modos, a fin de probar que soy un pelotudo, me lancé.
-Ahora vengo.
Y me mandé a cruzar la avenida. La mano en que estábamos fue fácil, pero de la otra mano circulaba la enorme masa de gente que volvía de la capital.
Me dí vuelta a ver si había errado la apuesta y ví a las pibas cuchicheando, serias, tensas. Volví a girar sobre mí y esperé un hueco en el tránsito para cruzar.
Compré los forros y me dispuse a volver donde estaba las minitas. Las veía reírse y empujarse nerviosamente. Un "boluda" cada tres palabras.
-Bueno, vamos allá, debajo de las vías.
Ya estaba anocheciendo y no hacía mucho frío. Debajo del puente la rubia dejó la moto en el suelo y se quedó dura. No sabía como seguir. La amiga la miraba a ella y a la moto.
Me acerqué a la rubia y le dí un beso en el cuello. Pensé que la presión arterial me haría explotar los tímpanos. La piba inclinó la cabeza para dejarme hacer. Le empecé a sobar una teta. Una teta grande.
La tomé de una mano y me acerqué a la amiga. El mismo plan. Le besé el cuello. Me abrazó.
Buscamos el lugar más oscuro debajo del puente y nos tiramos al suelo. Estaba húmedo, pero no nos iba a importar llegados a ese punto.
Le agarré la mano a la morocha y se la guié a mi bragueta. Mientras besaba a la rubia, la morocha me empezó a pajear. Tenía una mano chica, huesuda, sentía sus falanges finas alrededor de mi pija y me la empezó a mover un poco bruscamente. Las manos de mujer suelen ser torpes para pajear, pero ese es el encanto: la falta total de pericia y acomodación.
Yo le seguía sobando las tetas a la rubia. Le levanté la remera y le corrí el corpiño hacia arriba, sin desprenderlo. Las tetas le quedaron ligeramente aplastadas. Se las empecé a chupar. La piba retorció levemente la espalda y lanzó un suspiro. La otra empezó a buscarme el rostro y me besó, buscando mi boca. Quería apartarme de la amiga. Yo acepté el cambio y dejé de chuparle las tetas a la rubia, que se incorporó y bajó a chuparme la pija.
Es difícil describir como es una boca cuando te chupa la pija. Tenés la sensación de estar completamente abrazado, en la medida de que tu ego acepta permanecer apegado a tu poronga. Tenía una boca cálida y labios fuertes. Subía y bajaba con suavidad y con la punta de la lengua me acariciaba el anillo del glande.
Intenté tocarle las tetas a la morocha, pero me rechazó con firmeza. Me alcanzó para notar que casi no tenía tetas. Me agarró las manos y las llevó a su entrepierna. Me gusta acariciar conchas vestidas. La bombacha les dá una forma suavemente curva y una densidad carnosa y tupida. Empezó a mover la pelvis en vaivén.
La amiga giró y me dejó el culo cerca de la otra mano. Entendí el mensaje y le bajé el pantalón y la bombacha. Interrumpí los besos que le daba a la morocha para mojarme la mano con saliva.
Le metí dos dedos en la argolla a la rubia.
-Está argolla no está muy caliente todavía...- dije, inspirado. La flaca suspiró y empezó a mover el culo en círculos, jugando sola con mi mano.
-¿Me la chupás? - dijo la morocha, casi con miedo.
-Dale.
Se incorporó y se sacó una pierna del pantalón. Yo me recosté, sin sacar la mano de la concha de la amiga, que me estaba lamiendo las bolas.
La morocha puso una rodilla a cada lado de mi cara y empecé a chuparselá. Tenía un clítoris chiquito y puntudo. Sabía a vinagre y limón. La piba puso las manos en el suelo, inclinada hacia delante.
La amiga le metió un dedo en el culo. La morocha suspiró, largamente, varios segundos de exhalación lenta. Se movía lindo. Bailaba en cada movimiento.
La rubia tenía la concha cada vez más mojada. El flujo era denso, una crema que se me adhería en los dedos. "Hasta sacarle espuma". Me vino la frase de Miller en uno de los trópicos. Y me calenté más. Y le metí otros dos dedos. Ya le tenía metida media mano.
La rubia empezó a hacer un ronroneo suave y continuado. Una vibración de baja frecuencia me sensibilizó la punta del choto.
Estuvimos así un rato.
-Quiero que me la metas. - dijo la rubia. Y se incorporó y se sentó sobre mí, abrazando a la amiga por detrás. La morocha se dejó agarrar las tetas ahora.
Yo estaba recaliente.
-Pará - le dije a la rubia - En mi campera hay unos forros, poneme uno...
La piba se inclinó sobre mi campera sin sacarse la pija de adentro.
La morocha me empezó a agarrar la cabeza y me empujaba contra su concha.
La rubia se separó de mí y me agarró la pija. Ya había sacado el forro del estuche y me lo puso. Me movió la poronga con las manos tres veces, rápido, fuerte.
Creí que acababa, pero pude resistir. Volvió a sentarse sobre mí y se metió la pija despacio. Yo sentí su concha abrirse de a poco para recibirme.
Volvió a agarrar a la amiga por las tetas. Yo le acariciaba la cintura y el ombligo. Llevé mi mano por su espalda y le metí un dedo en el culo. Me apretó la cabeza más fuerte contra la concha. Casi la muerdo.
Tenía olor a vinagre y limón por toda la cara.
-Pará rubia, quiero saber que gusto tenés.- dije al rato.
Así que cambiamos. La morocha se me sentó encima y se metió la pija bien adentro, de un solo golpe, con voracidad de predador abisal.
La rubia tomó su lugar sobre mi cara. Tenía el clítoris grande como una frutilla, e igual de duro. Fue un placer chupársela. Tenía un sabor como de nuez moscada y ácido de frutas.
Se quedó quieta. La morocha empezó a saltar sobre mí. Se sacaba y metía la pija entera en cada empujón. Yo sentía su carne abrirse violentamente.
La rubia sonreía, porque los saltos de la amiga imprimían a mi cara unos movimientos abruptos y sorpresivos.
Yo dejé la boca y la lengua quietos en una posición, las manos a los lados, para sostenerme. Yo ya no estaba ahí. Las pibas estaban cogiendo solas.
La morocha empezó a gritar ahogadamente. Iba a acabar. La rubia sonreía, inmóvil, las manos en las tetas, apenas sosteniéndolas, sin presión.
La rubia hizo una mueca y sentí como su vientre se estremecía, desde lo más profundo, un sacudón rápido. Acabaron juntas. La morocha con un grito retenido y sin parar de saltar. Siguió metiéndose y sacándose la pija por un rato más. Yo acabé. Un estremecimiento en todo el cuerpo y un enorme calor en el glande.
La morocha aflojó las piernas y dejó su peso sobre mí. Empezó a frotarse el clítoris contra mi vientre, despacio, sin sacarse la pija de adentro.
La rubia me acarició el pelo y se retiró hacia un costado, quedando arrodillada. La miró a la amiga, que con los ojos cerrados, seguía con su danza suave.
Agarró su pantalón y se acomodó el corpiño.
-Vamos, che.- le dijo a su amiga, que recién ahí pareció despertarse. Se incorporó y también se acomodó la ropa.
Yo me levanté el pantalón y me lo prendí. Todo en total silencio.
No cruzamos una palabra. La rubia levantó la moto y encaró para la avenida. Salimos juntos de abajo del puente.
Cuando llegamos junto al asfalto la rubia prendió la moto. Atrás se sentó la morocha.
-Chau.
-Chau
-Chau
Se alejaron hacia el pueblo y alcancé a ver que no cruzaban palabra.
Yo seguí caminando, con la bolsa del supermercado en la mano y una buena historia para fanfarronear con mis amigos."