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Lucas Pizarro no olvida. Lucas Pizarro no escribe en una hoja en blanco.
Lucas Pizarro usa un papel viejo, un galimatías de señales viejas, criptogramas de claves olvidadas, garabatos de ideas prestadas. Él escribe en los intersticios porque ya no hay más que ese papel. Juego de rol. La línea puede empezar aquí, rodear un smiley, adelgazarse para atravesar un párrafo tachado, pegar un ligero salto para salvar la lista del supermercado.
Lucas Pizarro, dijimos, no olvida. Y ahora tiene en mente un viejo R.T. Márquez, campeón de otros tiempos, rival íntimo y silencioso. R.T. Marquez murió de espanto, tieso y transparente un día que el sol despiadado lo arrebató de una psicosis murcielaguil que lo mantenía en una cadena de frío y lo arrojó de un solo gesto a la ribera tibia del tiempo a esperar la disolución, como corresponde a un buen cristiano.
A veces, Lucas Pizarro se cruza con R.T. Marquez y se saludan apenas cortesmente. No parecen justificar ahora las cornadas de toros jóvenes y se dejan pasar como quien dejara pasar, sin prestarle atención, un volante de propaganda en el que Dios ofreciera créditos de eternidad a titulares de tarjetas de crédito.
Pero eso no es olvido. Es una forma cruel de presencia que señala el primer acto de disolución del que Lucas es conciente. Seguramente la disolución empezó antes, pero él era demasiado joven para notarlo. Nadie vé la disolución cuando tiene llenas las bolas de esperma caliente, y Lucas Pizarro tenía entonces las bolas llenas, y RT tenía las bolas llenas, y el que las tuviera más llenas escupiría más lejos, allá, en aquel marasmo que se sitúa delante, adonde apuntan los falos del mundo, y donde el fruto del vientre surgiría solo para gloria eterna como vegetal risomatoso que hace brotar su nueva y misma cabeza unos centímetros más allá...
La letra pequeña de Lucas Pizarro se hace más chiquita a medida que avanza su cuento. Je, ¿avanza, dije? Avanza, escala, desenvuelve, des-envuelve, trepa, retrocede, escarba, body pierce...