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Lisboa tenía el aire azul por aquellos días.
Todo era correr por la calle naranja hasta dar con la nariz contra una puerta.
Entrábamos siempre.
(Había mármol, unas sillas inglesas y una luz muy clara).
Tomábamos el té mientras mirábamos el mar a través de la ventana del salón. A veces, no nos alcanzaba el azúcar y le arrancábamos mechones de pelo a tu perro blanco, que dormía a nuestros pies, siempre.
¡El mar era tan verde! Mirábamos las olas y nos hacíamos cosquillas en las yemas de los dedos, con las uñas.
En la terraza, hacíamos montañas de pelo blanco de ballena que caía de los aleros. (Tu perro estornudaba y trataba de atrapar al vuelo el vapor de pelo de ballena que se deshacía en el aire).
Nos zambullíamos en las montañas y rodábamos.
Estabas desnuda entonces.
Te tocaba la palma de los pies antes de que bajaras a la playa.
El mar te esperaba conteniendo el aliento (Lisboa entera se estremecía con la apnea del mar)
Yo cerraba las celosías y rezaba. Tal vez llorara. Devoraba los mechones de pelo blanco de ballena que habían estado entre tus piernas.
Tu perro se quedaba en la terraza y miraba el cielo de Lisboa hasta que la lluvia le quemaba los ojos acuosos y le lavaba el pelo blanco, que escurría a chorros, como volcanes silentes de edulcorante.
Entonces se levantaba despacio y se iba a tirar debajo de una mesa de hierro forjado, pintada con esmalte sintético blanco.
Lisboa entera (las calles naranja) espera que salgas del mar.